Yoga Iyengar ®

Bellur Krishnamachar Sundararaja Iyengar B.K.S. Iyengar el fundador del Yoga Iyengar. Va donar classes desde l’any 1937 ( 18 anys) fins 2014 quan deixa aquest món.

El yoga IYENGAR® es un mètode creat per Sri B.K.S.Iyengar, una de les persones mes influents del segle passat segons la revista TIME per obrir el ioga a tothom.

“El yoga es un. El mateix succeeix amb āsana, però la gent li dona noms i formes diferents…Tots els texts yoguics afirmen que els mitjans i els objectius del yoga son els mateixos.” Pàg. 313 La essència del yoga. Astadala Yogamala volum II

“L’únic que faig es presentar les qualitats profundes i ocultes del yoga davant de vosaltres. Això ha donat lloc a que es denomini “Yoga Iyengar”, a la meva forma de practicar i d’ensenyament. Aquesta etiqueta s’ha fet popular i àmpliament coneguda, però el que faig es yoga tradicional… de fet no existeixen diferencies entre un o un altre yoga, tenen la mateixa arrel i el mateix propòsit…i l’essència es la progressió personal, autorealització e integració en un mateix” pàg.32 La essència del yoga. Astadala Yogamala volum II

Aquest son 3 aspectes que defineixen el seu mètode:

  1. L’atenció a la precisió tècnica, l’alineament i la intensitat.
  2. Defineix la seqüenciació (vinyasa) i el temps de permanència per transformar la postura.
  3. Ús de suports per aprofundir en la qualitat d’acció.

És una eina potent de benestar a tots els nivells (millor salut física, claredat mental, equanimitat, silenci interior, actitud serena, conscient i alegria).

Per mes informació:

  1. Asociación Española de Yoga Iyengar: AEYI

www.aeyi.com

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2. En 3 minuts que es el Ioga Iyengar? pel centre de Yoga Iyengar de Mèxic.

https://www.youtube.com/watch?v=d6nx8DDmrto

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3. Article sobre B.K.S Iyengar: “Si todo el mundo practicara yoga, las farmacias tendrían que cerrar”

Bellur Krishnamachar Sundaraya Iyengar habla con pasión y ríe con ganas; se nota que disfruta de su ya larga vida. Pronto cumplirá los ochenta pero sigue practicando a diario sus posturas, los asanas. Y cuando algo va mal, como quien toma un frasco del botiquín, entonces se receta determinados ejercicios.
A su alrededor se congregan los alumnos del madrileño Centro de Yoga Iyengar. Le han recibido pronunciando la letra om, que a coro adquiere el prolongado sonido de una trompa tibetana. Por lo demás, a excepción del pequeño altar presidido por la figura del dios mono Hanumán que se halla en un rincón, la sala se parece a un gimnasio: en ella hay espalderas, potro, cuerdas… No en balde el método que imparte Iyengar, uno de los gurús -maestros- que más ha contribuido a la difusión del yoga en el mundo de Occidente, se basa en el esfuerzo físico.
¿Podemos considerar el yoga como un deporte?
-No. Los atletas no usan su cuerpo al cien por cien. Dependiendo de cada deporte, se desarrollan más unas partes del cuerpo que otras. En yoga, en cambio, se atiende a todas las áreas del cuerpo. Esta actividad no hace que aumente la musculatura, pero sí enseña a utilizar los músculos de una forma activa. Además, en la práctica normal del deporte, siempre se acumula el ácido úrico en la articulaciones produciendo fatiga y dolores tanto en los músculos como en las articulaciones. El yoga mejora la circulación, por lo que se elimina el ácido úrico. Por eso los atletas que lo practican no experimentan fatiga, sino que les acelera y les prepara para jugar con más energía y entusiasmo.

¿Podría entenderse, entonces, como una forma de culturismo?
-Lo que yo hago se llama Hatha Yoga, el yoga de la voluntad. No se trata de eso que algunos llaman yoga del poder, en el que sus practicantes aparecen en las fotos mostrando cuerpos hercúleos.Yo hago lo mismo que ellos y, sin embargo, no tengo el cuerpo hercúleo. Porque no se trata de mostrar potencia o atractivo sexual. Incluso en las posturas más difíciles, yo muestro elegancia en cada una de las fibras de mi cuerpo, sin ninguna tensión. Esto es yoga.
Instruido por el famoso yogui T. Krishnamachar, B.K.S. Iyengar empezó a enseñar yoga a los dieciocho años. Desde entonces su método se imparte en más de doscientas ciudades de todo el mundo. En 1991 recibió el Padma Sri Award, la mayor distinción civil otorgada por el presidente de la India, en reconocimiento a su labor.

¿Qué es lo que buscan sus discípulos cuando acuden a usted?
-El 99 por 100, incluso los que dicen estar interesados en los aspectos espirituales del yoga, vienen en realidad porque les duele el estómago, porque no pueden dormir o porque tienen una inflamación en el oído. ¿Por qué acudió a mí Krishnamurti, uno de los filósofos más famosos del siglo XX? Porque tenía un montón de problemas. La gente que pretende mejorar su vida espiritual tiene que volver a nivel del cuerpo para tener éste sano. El cuerpo es el vehículo del espíritu. Por eso yo enseño a intelectuales, deportistas, políticos y, por supuesto, también a médicos.
Una vez que el alumno ha sanado, le preguntamos: “¿qué más quieres?”. Quizá ya esté satisfecho, pero si desea algo más, con la práctica del yoga también puede alcanzar la felicidad espiritual. Eso depende de cada uno. El yoga es muy democrático, está hecho a la medida de la persona que lo ejercita.

¿Si el yoga no es una gimnasia, se puede equiparar entonces a una religión?
-La práctica del yoga es una guía educativa que conduce a un nivel superior. El yoga es la unión del cuerpo y la mente. Cuando se realiza correctamente un asana, desaparecen las dualidades cuerpo/mente y mente/espíritu. El cuerpo se convierte en vehículo espiritual. Los asanas y el pranayama -el control de la respiración- ayudan a descorrer el velo para que el intelecto consiga ver con total claridad. Son los medios que favorecen el progreso de cada individuo hacia la evolución.

¿A su juicio, la práctica del yoga es compatible con el modo de vida occidental, donde tradicionalmente el cuerpo y el espíritu han estado tan alejados?
-Todos los hombres y mujeres del mundo desean las mismas cosas: ser felices, estar sanos, mejorar su vida… A partir de esta consideración, el yoga no se puede dividir en oriental y occidental. Es una ciencia oriental por la simple razón de que los orientales empezaron a trabajar en este campo en una época en la que la gente no podía comunicarse como en la actualidad. Ahora precisamente la práctica del yoga está adquiriendo un renovado interés en Occidente. La sociedad actual se ha vuelto enormemente competitiva y los nervios no pueden aguantar tanta presión. En estas condiciones resulta difícil mantener una vida equilibrada. La práctica del yoga fortalece el sistema nervioso y mantiene el cuerpo sano en medio de todas las tensiones.

¿La práctica del yoga implica mantener una vida de ascetismo?
-No estoy diciendo que haya que vivir precariamente. Las necesidades cambian con los tiempos. No es lo mismo vivir retirado que hacerlo en una sociedad competitiva como la actual. Cada uno debe saber analizar sus necesidades y comprender dónde termina la necesidad y dónde empieza el deseo. Yo no hablo de renunciar, sino de seguir a la conciencia.

¿Y qué relación tiene la alimentación con el yoga?
-La comida es el constructor de la mente. Yo tomo realmente lo mínimo. No soy un fanático de la comida, como tampoco lo soy del yoga, aunque sí un practicante disciplinado. Mi yoga está hecho para el hombre común. Mi consejo es que os dejéis guiar por el propio cuerpo. Si al poner la comida en la mesa la boca se os llena de saliva, la alimentación es correcta. Lo que crea la enfermedad es comer cuando vuestra lengua no segrega saliva.

Antes los yoguis se colgaban cabeza abajo y sus posturas parecían propias de un contorsionista. ¿Es que los hindúes tienen una anatomía distinta a la nuestra?
-El yoga es una cultura universal. Sentarse en posición de loto es más fácil para los hindúes, no porque sean más flexibles, sino porque se pasan la vida sentados en el suelo. El yoga está hecho para todos. En el momento en que dices que eres occidental u oriental, eres víctima del malestar de Oriente y Occidente, o sea, imaginas que te falta algo. Hay que hacer yoga por el gusto de hacerlo y disfrutar de sus beneficios.

¿Cómo se inició en él?
-Vengo de una familia realmente pobre. Con 14 años enfermé de tuberculosis. No había medicinas para curarla y mi hermana me propuso que hiciera unos asanas con el que luego fue mi gurú. Subsistía casi exclusivamente del agua del grifo y de la práctica del yoga. Al cabo de cinco años me había curado completamente. Desde entonces, ésta ha sido mi forma de vida. Hoy, con casi 80 años, hago lo mismo que a los 60. ¿No es un milagro a mi edad? Si todo el mundo practicara yoga, las farmacias tendrían que cerrar.


Su último libro Luz sobre el Pranayama, que acaba de ser traducido al español, es la continuación de unas enseñanzas escritas en sánscrito hace más de 2.000 años. Puede parecer raro que un saber tan antiguo todavía siga vigente. Sin embargo, para Yehudi Menuhin, autor de la introducción, el yoga completa la ecuación materia y energía de Einstein y la traslada al ser humano.

¿Cuál es el auténtico papel del gurú?
-El de guía, nada más. Pero distinto al profesor que imparte una disciplina académica. El maestro de yoga tiene que ser su propio crítico, porque el arte del yoga es completamente subjetivo y práctico. Tiene que conocer los problemas y dificultades de sus alumnos y, a partir de ahí, protegerles, ayudarles a liberarse de ellos y conducirles delicadamente al nivel que el gurú ha alcanzado.

¿Y qué sucede cuando el alumno no alcanza a practicar correctamente el yoga?
-¿Podéis todos convertiros en Picasso o en Pau Casals? Yo lo enseño pero, si no lo consigues, ¿por qué vas a preocuparte?

Y antes de despedirnos, B.K.S. Iyengar, con una amplia sonrisa, me enseña un reloj con esta dedicatoria: “A mi mejor profesor de violín. Yehudi Menuhin”

Teresa Ricart

Esta entrevista fue publicada en febrero de 1998, en el número 201 de MUY Interesante.

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4. Article sobre el poder del Ioga Iyengar

My elusive search for a meaningful yoga practice began nearly three decades ago when I was living on New York’s Upper East Side. I was looking to meet spiritually minded people and, in those days, yoga was associated with the crunchy granola set. The practice was still sufficiently foreign that studios offered orientation sessions to acquaint potential students with the discipline.

My introductory session was taught by a bottle blonde who enthusiastically volunteered that she was a former model who used to do lots of drugs. One day she saw this woman with an amazing body, and upon learning it was achieved practicing yoga, the blonde was hooked. Not quite the motivation and spirituality I was seeking.

Over the years, I visited various yoga studios and tried different classes and modalities. Most of the places didn’t actually teach yoga but demonstrated it in a way that reminded me of the childhood game “Simon Says” without saying Simon Says. “Downward dog,” a typically lithe twentysomething would say, and everyone would follow suit. “Warrior One” and the class would follow. Often the “teacher” would have her back to the class, and she neither knew nor cared if people in class were doing the poses correctly.

The commercialization of yoga has accelerated in the past decade, and the spirit and teachings of the practice have fallen by the wayside. The former marketing officer of Core Power, the nation’s largest yoga studio chain, promoted yoga as offering “inner peace and flat abs in an hour.” The chain dismisses karma as a meaningless “metaphysical precept” on par with words like “authentic” and “world class yoga experience.” (Maybe so, but karma is still a bitch, which perhaps is why Core Power has faced four labor lawsuits.)

I read that a yoga teacher with celebrity status belonged to New York’s posh Soho Club, whose “too-cool-for-you” membership is restricted to “creative types” nominated by their peers. I’m no authority on the path to enlightenment, but I wouldn’t look to someone who embodies and embraces New York’s rich snobby elite to find it.

Iyengar yoga and its certified practitioners haven’t been coopted by the selfie culture of modern-day yoga and have refused to promote the discipline as a pathway to a great bod. Iyengar promotes spiritual and physical modesty. Traditional Iyengar shorts are so unflattering they’d even make supermodel Gigi Hadid look dowdy. An authentic Iyengar practice begins with the reciting of an invocation that acknowledges the humility of those assembled and appeals for guidance and light to learn and understand the principles of yoga.

Unlike many yoga teachers at popular studios who got their certification attending a workshop or two, it takes years of rigorous training and commitment to get certified as an Iyengar instructor. At the Iyengar Institute of Los Angeles where I take classes, I’d conservatively guess the average age of the instructors is mid-40s, although its known that one of them is in his 70s. (Iyengar teachers are seemingly ageless, so my estimate could be way off). Iyengar teachers know and understand the intricacies of traditional yoga poses but also the physiology behind them. As a result, they can offer safe alternative poses for students who are injured or have physical limitations.

The practice was developed in India by B.K.S. Iyengar, who suffered from malaria, typhoid, and tuberculosis as a child. What distinguishes Iyengar yoga from other yoga modalities is its focus on holding and refining poses, rather than following a flow of choreographed asanas. At the beginner level, instructors will break down poses into simpler components that give students a better understanding of what’s trying to be achieved. Iyengar yoga heavily utilizes props such as rope walls, chairs, bolsters, straps, and blankets. Indeed, unfolding and folding blankets is so commonplace that Iyengar students are well suited to work at a laundry.

Iyengar yoga is torture for Type A personalities like me who prefer to always be moving and having our minds occupied or distracted. Holding a seemingly simple pose such as down dog for nearly a minute can be excruciating physically and mentally. Iyengar teachers won’t let you just go into a pose and remain static; they will give you a multitude of adjustment instructions that take considerable concentration and stamina to understand and implement. The practice doesn’t allow for daydreaming; on more occasions I’d care to admit, a teacher has called me out for not paying attention.

I find Iyengar yoga about as exciting as watching paint dry. But when I force myself to go to classes I feel a million times better and my ability to concentrate improves dramatically. Studies show that an ability to experience and embrace boredom is critical to performing work requiring deep concentration because the brain needs meaningful downtime.

Iyengar yoga dramatically improves alignment and flexibility. Iyengar instructors watch their students like hawks and they are more hands on than Joe Biden, constantly adjusting and easing their students into poses. In the two years I’ve been practicing Iyengar yoga, I haven’t so much as strained a muscle. I was out of commission for nearly three months because of an injury I sustained doing hot yoga. I credit Iyengar yoga for healing a pelvic ailment that I was told would require surgery.

I first discovered Iyengar yoga about 15 years ago when I was living in New York, but lost interest after the Iyengar Institute there redid its floors, jacked up its rates, and copped an attitude. My interest was rekindled two years ago oddly enough at  the West L.A. club of Equinox, which prefers to promote its own brand of gimmicky fitness yoga but offers Iyengar classes as a sop to longtime members of the club that formerly occupied the space.  One of the teachers is Chris Stein, a world-renowned Iyengar instructor who travels to India every year for additional study and trains students in China.

Stein inspired my Iyengar yoga journey and I began taking classes at the Iyengar Institute of Los Angeles, one of three teaching centers in the U.S. for the practice (the three centers all operate independently). I gravitated to Becky Patel, who I later learned studied under Stein. Despite Iyengar’s exacting standards, the practice allows for considerable teaching personalization and every instructor has their own distinctive style. I recommend taking classes with multiple Iyengar instructors.

Alas, I worry about the future of Iyengar yoga. The practice is poorly understood and marketed, and in L.A., I see few millennials in class. B.K.S. Iyengar died in 2014 and his daughter, Geeta, also a renowned yogi, died last year. Iyengar instructors increasingly are afraid to adjust their students for fear of being accused for improper touching, which is most unfortunate since they are well trained to make critical and beneficial corrections. (If you don’t want to be touched, let the instructor know.)

It would be most unfortunate if Iyengar yoga disappears. In a world that moves too fast and where mediocrity, shallowness, and pretension are widespread, Iyengar promotes values and ideals once associated with yoga. I can’t promise Iyengar instructors will lead you on the path to enlightenment, but their humility and dedication can point you in the direction of the trailhead.

B.K.S. Iyengar Institute of L.A.